La buena educación.   Leave a comment

Conozco a periodistas extraordinarios (y fontaneros, catedráticos, electricistas, abogados, subdirectores, publicistas, curas, empresarios, burócratas …) pero no es lo habitual. Creo que hay buenas personas en todas las profesiones y malos profesionales en algunas personas. O algo así.
Digo esto porque, hace años, puse en una página web sobre el pueblo saharaui, que acogíamos a sus niños en verano para lavar nuestra mala conciencia por la putada que les hizo Franco … y me quedé tan contento con mi “brillante ocurrencia” que me pareció un “aldabonazo de efectismo mordaz”.
Al poco tiempo, una periodista, con motivo de la llegada de los niños saharauis de acogida del programa Vacaciones en Paz, me preguntó, con impasible desparpajo, que cómo iba mi mala conciencia. Entonces me di cuenta de mi estúpido error de “sinceritis aguda y chorra”. No le contesté que: “Mi conciencia va mucho mejor después de tantos “lavados”, gracias, pero ¿y la suya?”, como debería haber hecho, sino que me salí por la tangente y quité esa frase de la página web.
Se me estuvo bien, por gilipollas y por listo.
La maldita buena educación burguesa que en su momento recibimos incluso (o, sobre todo) los niños de las clases más bajas en los grupos escolares de FET de las JONS durante los años cincuenta (que, recuerdo, eran los colegios públicos de entonces), nos impide contestar, casi siempre, adecuadamente a las impertinencias insensibles. Y de eso se aprovechan los necios y los trepas sin conciencia.
No nos atrevemos o no se nos ocurre en ese momento (pero a ellos sí) responder con similar desvergüenza a preguntas groseras o a peticiones descaradas o a propuestas moralmente insultantes. Alguna vez, luego, he conseguido hacerlo (superando el malestar pauloviano) y os aseguro que es una gozada ver la cara del inquisidor o del caradura. Es un gran poema, es todo un premio para arterias estresadas. Hay que tener mucho tacto, eso sí, y no pasarse a lo bestia, sino hacer que sea lo más inocentemente sutil posible. Pero, desde luego, si se consigue, es una maravilla que merece la pena depurar y practicar cuando surja la ocasión.
No debemos tener miedo a las penas del infierno con las que nos anatematizaban de pequeños. Ya somos mayorcitos. Con cortesía y diplomacia, todo puede ser, educadamente, dicho o respondido. Y cuanto más practiquemos, más nos soltaremos y más fácil nos resultará librarnos del yugo de la maldita buena (mala) educación que nos acogota.
¡Temblad, temblad, descarados!

Javier Auserd.

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Publicado 1 junio, 2008 por lacuevadeldinosaurio en Charlas

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