Archivo para junio 2008

Agua de borrajas.   6 comments

Aventuras Caseras Asociadas, presenta: Cap.XI.

 

Tenía yo un amigo famoso por sus intentos sempiternos de vendernos motos del siglo XIII. Es decir, él llegaba y se ponía a ponderar esto o lo otro, a alabar las excelencias de tal o cual cosa, actitud, tema, posición, actividad o persona, para luego ver, al poco tiempo, que era mentira. Al principio, nos afectaba mucho y le insultábamos o le amenazábamos con pegarle; alguna vez, incluso, cobró. Pero a base de imperturbable machaconería, llegó a labrarse una sólida reputación de engañabobos con cierta aureola de cínico pruebanovatos. Los que le conocíamos, nos burlábamos continuamente de él con preguntas retóricas del tipo de: ”Qué, Manolín, ¿a cuantos pardillos has engañado esta mañana?”. Y él, sabiendo que si respondía cobraba, ensayaba una media sonrisa, miserable y sumisa, para no ser objeto de nuestra brutalidad infantil.

Después he conocido a muchos vendedores de motos (de todos los siglos habidos y por haber) más o menos hábiles, más o menos astutos en el arte del engaño, más o menos burdos, más o menos entrenados. Y he visto que a los que más se tarda en cazar es a los que se creen sus propias mentiras haciendo muy difícil detectarlos, aunque resulten luego los más patéticos.

Dejando a un lado las fantasías femeninas que pretenden más bien darse importancia que engañar en toda regla o que obtener bienes tangibles, suelen ser llorones profesionales en busca de ventajas, privilegios, chollos, carguitos y, en general, todo aquello que no son capaces de conseguir con esfuerzo, trabajo y talento por la tan desprestigiada vía lenta y honesta.

 

Cornelio Servando Rosal de la Mata, era uno de estos viborillas peligrosos. En honor a la verdad, hay que matizar que no sólo vendía motos, sino enciclopedias, galletas Avellaneda y lo que fuera menester si le dejaban y si no, tenía un amplio repertorio de insistentes posibilidades. Cuando se le conocía, parecía fácil eludir sus trampas pero no era tan sencillo porque, como vendedor ágil y experimentado, mezclaba mentiras con verdades, con medias verdades, con cuartas mentiras, con semiverdades tercias, etc., etc., etc.

Yo le utilizaba, siempre que podía, para conseguir papeles sensibles del Registro de la Propiedad. Como le tenía bien cogido, y él lo sabía, se limitaba a agenciarme los documentos y datos que le pedía, a cobrar por ello y tururú trompeta, aunque me regateaba mucho los honorarios y, como el que no quiere la cosa, me contaba por sistema rumores falsos entre otros ciertos muy útiles (para putearme) que luego me costaba un montón separar y clasificar, pero alguna de sus víctimas lo pasaban verdaderamente mal.

 

Una vez, antes de mi primer infarto, Andrés, el de la tienda de fotos, a pesar de conocerle de sobra, tuvo que recurrir a él para mediar con una multinacional de fotocopiadoras de la mafia de Illinois porque el director comercial de la filial en España se empeñaba en renovarle por narices la máquina de revelado que acababa de comprar a una empresa Suiza y no había forma de convencerle de que no podía ser. Por casualidad se enteró Andrés de que Cornelio había estudiado con ese director comercial en los salesianos de Atocha y, encomendándose a todos los santos presentes y futuros, recurrió a él.

 

-Pero, hombre, Andrés, ¿cómo se te ocurre? ¿No ves que te la va a jugar?

-Sí, Martín, lo veo, pero no me queda otro remedio. Por cierto que … a ver si tú me puedes echar una mano a que Corne no me eche las dos manos al cuello, ¿eh? Y que no sea peor el remedio que la enfermedad.

-Eso es imposible, Andrés, Andresito. ¿Cómo quieres que te ayude a eso si yo mismo las paso canutas para que no me engañe demasiado a mí cada vez que le necesito? ¿No te das cuenta de que no hay forma con él, no has podido encontrar a otro?

-No, Martín, no ha habido forma de no caer en sus garras. Mi única esperanza es que engañe a ese … capo tanto como a mí y así se reparta el desastre.

-Pero, Andrés, lo más probable es que se unan los dos para despedazarte y al final sí que sea peor el remedio que la enfermedad, como tú mismo dices.

-Ahí es donde entras tú, Martín, precisamente. Para protegerme. Anda, Martín, por favor, ¿no ves que si no tendré que cerrar y eso será mi ruina?

-Andrés, hombre, no me pidas eso …

-Te pago lo que sea, Martín, lo que sea. De ti puedo fiarme y pido otro crédito o lo que sea. Pero no me dejes solo con esos buitres, Martín, por favor.

-Bueno, Andrés, no te pongas así. No se trata de dinero, hombre. A ver lo que puedo hacer, tranquilízate.

-Eres mi hermano, Martín. ¡Qué digo mi hermano, eres mi padre!

-Vale, vale Andrés, veré qué puedo hacer, pero no mezcles en esto a la familia, ¿vale?

 

Estaba perdido. Lo mismo que hay vendedores de motos y de todo tipo de artilugios, hay compradores de problemas, que somos los tontos más idiotas de todo el universo conocido.

En realidad podía considerarse que en eso consistía mi trabajo (y, encima, cuando conseguía cobrar era reconfortante y maravilloso). El problema era que esta vez no se me ocurría nada de nada y no sabía ni por dónde empezar a meterle mano al asunto. Estaba en blanco y el tiempo corría en mi contra. Menos mal que Cornelio le daba largas a Andrés.

 

-Bien, bien, Andrés, tú no te preocupes, que todo va muy bien – le decía –. Ya he hablado con él varias veces y todo marcha sobre ruedas. Sobre ruedas. De verdad. Si en el fondo es un pobre diablo, te lo aseguro. Figúrate que en el colegio le llamábamos “el culebrin” y le dábamos hostias hasta en la capilla. Tú tranquilo, que está al caer, está en el bote.

 

Y Andrés, ponía cara de barbo-tragándose-el-anzuelo y seguía atendiendo a los clientes que le pedían que les sacara como George Clooney, Nicole Kidman o Winona Ryder, que tenía en el escaparate como reclamo, en las fotos para el denei.

 

En medio de este y de otros berenjenales, me llama Cyndi y me invita a una copa al lado de su garito. Charlamos y luego la llevo a Sésamo una noche en la que había pianista al piano. Me entero de que había empezado a estudiar música y que le gustaba mucho el chelo pero tuvo que dejarlo por la muerte de su padre y la ruina de su familia y se vino a trabajar a Madrid. A veces echa mucho de menos la música celta y las montañas y los valles vascos de sus abuelos donde, de niña, pasaba las vacaciones. A la mañana siguiente no tenía que madrugar.

 

Cyndi, aparte de otras cosas más agradables que tenía yo algo olvidadas, me recordó a Halien y a sus amigos los hakkers y jugadores del Psikys. Y haciendo de tripas corazón, esta vez sin Lazo, me fui a hablar con ellos y les propuse un trabajito fino.

 

-Preséntame a tu amigo, el de la multinacional.

-¿Y eso?

-Me lo ha pedido Andrés.

-¿…?

-¿No te fías? Vamos a preguntárselo.

-No, no. No hace falta. Ya había … oído … algo.

-Vale. Que sea mañana mismo, porque les corre mucha prisa.

-¿Qué has liado esta vez?

-Ya lo verás, porque tú vas a venir conmigo, a servirme de escudo.

 

La sonrisa de gilipuertas de Antonio Salitre, como se llamaba el director comercial de Klaxon, compañero de clase de Cornelio y verdugo de Andrés, se fue borrando a medida que le explicaba de qué iba el tema.

 

-De modo que, ya lo sabes. ¿Qué me dices?

-Que … voy a llamar a la policía.

-Sí, sí. Llama, llama. Les va a encantar. Pregunta por el comisario Alemán de la Brigada de Delitos Monetarios o por el inspector Cuadrado de Extorsiones.

-¿Qué quiere a cambio?

-A Cindy Crawford, ¡no te jode!, pero no creo que tengas caché suficiente. Que dejes en paz a ese hombre de una puta vez y no vuelvas a molestarle más y te olvides de que existe o el sistema informático de tu empresa volverá a sufrir otro ataque definitivo y mortal.

-Hecho. Está bien, pero dése prisa … por favor.

-Toma, dale este pendrive a tus informáticos.

 

Cuando salíamos por la puerta electrónica de la multinacional, Cornelio me miraba con cautela y aprensión como si empezara a conocerme un poco mejor y no le gustara mucho lo que veía.

 

-No te preocupes tanto, hombre – le dije – cuando quieras te arreglo también tu ordenador.

-¡No, no, deja! – retrocedió horrorizado en el asiento del copiloto – Si ya me las apaño yo … solito.

 

Por una vez, y sin que sirva de precedente, los malos se habían quedado con un palmo de narices, se les había ido todo al garete y sus intentos de extorsión y de engaño acabaron en agua de borrajas, pero hay que reconocer que no es lo normal.

 

© Javier Auserd.

Anuncios

La buena educación.   Leave a comment

Conozco a periodistas extraordinarios (y fontaneros, catedráticos, electricistas, abogados, subdirectores, publicistas, curas, empresarios, burócratas …) pero no es lo habitual. Creo que hay buenas personas en todas las profesiones y malos profesionales en algunas personas. O algo así.
Digo esto porque, hace años, puse en una página web sobre el pueblo saharaui, que acogíamos a sus niños en verano para lavar nuestra mala conciencia por la putada que les hizo Franco … y me quedé tan contento con mi “brillante ocurrencia” que me pareció un “aldabonazo de efectismo mordaz”.
Al poco tiempo, una periodista, con motivo de la llegada de los niños saharauis de acogida del programa Vacaciones en Paz, me preguntó, con impasible desparpajo, que cómo iba mi mala conciencia. Entonces me di cuenta de mi estúpido error de “sinceritis aguda y chorra”. No le contesté que: “Mi conciencia va mucho mejor después de tantos “lavados”, gracias, pero ¿y la suya?”, como debería haber hecho, sino que me salí por la tangente y quité esa frase de la página web.
Se me estuvo bien, por gilipollas y por listo.
La maldita buena educación burguesa que en su momento recibimos incluso (o, sobre todo) los niños de las clases más bajas en los grupos escolares de FET de las JONS durante los años cincuenta (que, recuerdo, eran los colegios públicos de entonces), nos impide contestar, casi siempre, adecuadamente a las impertinencias insensibles. Y de eso se aprovechan los necios y los trepas sin conciencia.
No nos atrevemos o no se nos ocurre en ese momento (pero a ellos sí) responder con similar desvergüenza a preguntas groseras o a peticiones descaradas o a propuestas moralmente insultantes. Alguna vez, luego, he conseguido hacerlo (superando el malestar pauloviano) y os aseguro que es una gozada ver la cara del inquisidor o del caradura. Es un gran poema, es todo un premio para arterias estresadas. Hay que tener mucho tacto, eso sí, y no pasarse a lo bestia, sino hacer que sea lo más inocentemente sutil posible. Pero, desde luego, si se consigue, es una maravilla que merece la pena depurar y practicar cuando surja la ocasión.
No debemos tener miedo a las penas del infierno con las que nos anatematizaban de pequeños. Ya somos mayorcitos. Con cortesía y diplomacia, todo puede ser, educadamente, dicho o respondido. Y cuanto más practiquemos, más nos soltaremos y más fácil nos resultará librarnos del yugo de la maldita buena (mala) educación que nos acogota.
¡Temblad, temblad, descarados!

Javier Auserd.

Publicado 1 junio, 2008 por lacuevadeldinosaurio en Charlas

Etiquetado con , , , , ,